Historia España S. XIX

  • La crisis del Antiguo Régimen

El reinado de Carlos IV

La llegada al trono de Carlos IV (1788) casi coincide en el tiempo con el estallido de la Revolución Francesa, lo que provoca lógicamente consecuencias en España: freno a la política ilustrada, cierre de fronteras a las ideas revolucionarias y guerra contra Francia (1793-1795). El desastroso desarrollo de la guerra llevará sin embargo a España a situarse de nuevo en la órbita francesa, ya en esa época muy controlada por Napoleón (Tratado de San Ildefonso, 1796). La derrota naval de Trafalgar ante los ingleses (1805), el descontento popular y la fuerte oposición al Primer Ministro de Carlos IV, Godoy, provocan el Motín de Aranjuez (marzo de 1808) que supone no sólo la caída del favorito Godoy, sino también la abdicación al trono de Carlos IV en su hijo Fernando (Fernando VII). Todo esto lleva finalmente a Napoleón a decidirse por intervenir en la política española: por las Abdicaciones de Bayona (mayo de 1808) los Borbones renuncian al trono español, que será ocupado a partir de entonces por José Bonaparte, el hermano de Napoleón. Este acontecimiento, unido a la llegada de tropas francesas al país y a la enorme crisis de subsistencias existente, eran ya más de lo que podía soportar el pueblo español, provocando finalmente la sublevación de los madrileños (2 de mayo de 1808), paso previo a la Guerra de la Independencia.

La Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz

La Guerra de la Independencia (1808-1814) supone un periodo histórico decisivo para la historia española: en primer lugar, por la intensidad del conflicto, que durante varios años desangrará nuestro país; en segundo lugar, porque, al participar en ella no sólo el ejército regular sino también el pueblo de todas las zonas de España, unido frente a una invasión extranjera, se conforma definitivamente la Nación española; finalmente, es una guerra con importantes implicaciones políticas, ya que, por un lado, es una guerra civil que divide a los españoles en dos, los que apoyan a la nueva monarquía bonapartista y los que la rechazan y, por otro lado, es el marco en el que se inicia la revolución liberal en España con la convocatoria de nuevas Cortes y la proclamación de la Constitución de Cádiz de 1812.

El reinado de Fernando VII

La vuelta de Fernando VII a España, finalizada la Guerra de Independencia, supone el intento, por parte de los grupos privilegiados y de la monarquía tradicional, de volver de nuevo al Antiguo Régimen, revocando los principios liberales que se habían establecido en las Cortes de Cádiz. Se inicia así un periodo de pugna entre los defensores del pasado – personificados en la figura absolutista del rey- y los defensores de los nuevos cambios políticos y sociales, que recurren a las conspiraciones y a los levantamientos militares, alguno de ellos con éxito.

Podemos distinguir tres etapas en el reinado de Fernando VII:

  1. 1814-1820. La vuelta del rey de su exilio francés y vuelta al absolutismo.
  2. 1820-1823. Trienio liberal. Un levantamiento militar consigue temporalmente la restitución de la Constitución de 1812, pero fracasa por la intervención francesa.
  3. 1823-1833. Década Ominosa. Fuerte represión contra los liberales, aunque al final de su reinado Fernando VII necesita el apoyo de los grupos más moderados para su hija Isabel.

La independencia de las colonias americanas

1784

El acontecimiento más importante del reinado de Fernando VII es la pérdida de las colonias en América. Su fuerte desarrollo económico en el siglo XVIII animó a la burguesía criolla (españoles nacidos ya en América) a intentar luchar por su independencia). La Guerra de la Independencia contra Francia provocó también en América la creación de Juntas contrarias a José Bonaparte pero, a diferencia de en España, posteriormente muchas de ellas no reconocieron a Fernando VII: en Argentina, San Martín ya proclama la independencia de la República Argentina en 1810. Pocos años después, varias expediciones de los “libertadores” (San Martín y Sucre al sur, y Bolívar al norte de Sudamérica) derrotan a los ejércitos realistas y proclaman la independencia de territorios como Venezuela (1815), Chile (1818) o, de manera más autónoma, México (1821). La derrota realista en Ayacucho, en Perú (1824) marca el fin de la presencia española en la América continental.

Aunque poco conocido, también hay que destacar el papel de España en el proceso de creación de los Estados Unidos de América: su apoyo a los independentistas frente a los británicos (1776), la cesión de posesiones españolas (Florida) o la expansión del joven país por territorios antes colonizados por España (Luisiana, Nuevo México, California, etc.).

  • La construcción del Estado liberal

La revolución liberal en España

Desde la Guerra de la Independencia (1808-1814) hasta el Sexenio Democrático (1868-1874) se desarrolla en España un largo proceso de revolución liberal. Como has visto en quincenas anteriores, ésta consiste en la destrucción de las estructuras sociales, políticas y económicas del Antiguo Régimen y su sustitución por un nuevo sistema más acorde con los cambios que se estaban produciendo desde el siglo XVIII (Revolución Francesa, Revolución industrial, Sociedad de clases, etc.). Así, se crea una nueva organización política, con la Soberanía ya no sólo en manos del rey o reina, con una Constitución como ley máxima y con un sistema de elecciones. Se configura un Estado moderno con nuevas instituciones (como la Guardia Civil) y una nueva división administrativa (organizada en provincias, y, generalmente, muy centralizada). La economía es más libre, de tipo capitalista. Y, desde el punto de vista social, existe una nueva clase social dirigente, la alta burguesía, muy relacionada no obstante con la antigua aristocracia, y aparecen nuevos grupos sociales como los proletarios. Este proceso de transformación, general en Europa, tendrá en España, como veremos a partir de ahora, numerosas dificultades.

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El reinado de Isabel II

La lucha dinástica entre la todavía niña Isabel II y su tío Carlos María de Isidro obliga la regente María Cristina a apoyarse en los liberales. Así, los liberales entran en el gobierno por primera vez con el apoyo de la Corona, y sus diferentes partidos políticos (moderados, progresistas, unionistas) se alternarán en el poder durante el reinado de Isabel y construirán un nuevo Estado conforme a sus ideales políticos. Este modelo político se verá enfrentado, no obstante, con los defensores del Antiguo Régimen (guerras carlistas). Este ambiente de inestabilidad será promovido también por los militares, que intervendrán de manera activa en la política del momento, incluso mediante levantamientos y conspiraciones (los pronunciamientos). Finalmente, la exclusión política y social de amplias capas de la población provocará revueltas e irá limitando poco a poco el apoyo a estos gobiernos liberales y a la propia Isabel II, lo que provocará su caída en la denominada La Gloriosa, la Revolución de 1868.

El Sexenio democrático

Tras el éxito de la Revolución de 1868, “La Gloriosa”, la reina Isabel II se exilia y se intenta crear un régimen liberal más democrático, pero cuya inestabilidad hace que pase en pocos años por diferentes etapas: gobierno provisional, Regencia, Monarquía de Amadeo I y República, unitaria y federal. Este intento democrático fracasará por las disensiones internas de los grupos que lo promovían (progresistas, demócratas, republicanos), por la oposición de los grupos más moderados (carlistas, liberales moderados) y por el alejamiento al proyecto de gran parte de los sectores populares, que optan por otras opciones políticas (cantonalismo, anarquismo, marxismo). En 1874, un nuevo pronunciamiento, el de Martínez Campos en Sagunto, proclama la vuelta de los Borbones con un nuevo rey, Alfonso, hijo de Isabel. Se inicia así el periodo conocido como Restauración.

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La Revolución Industrial en España

Mientras en otros países europeos, con Gran Bretaña a la cabeza, se estaba produciendo un intenso proceso de industrialización desde fines del siglo XVIII, en España esta importante transformación socioeconómica se produjo de una manera más lenta e incompleta. Así, a finales del siglo XIX, España era todavía un país de base agraria, con un escaso comercio interior y un desarrollo industrial limitado a unas pocas regiones y a unos sectores concretos, como el textil catalán, el siderúrgico asturiano y vasco y el de transformaciones agroalimentarias en las regiones del interior. La industrialización, sin embargo, se va acelerando poco a poco. España sufre un retraso en su proceso de industrialización, limitado durante gran parte del siglo XIX a unas pocas zonas del país.

  • Transformaciones económicas y sociales

Hacia la sociedad de clases

En España también aparece la “sociedad de clases” pero, dadas las dificultades del Estado liberal y el escaso desarrollo de la Revolución Industrial, hemos de señalar algunos matices:

  1. La aristocracia no desaparece, sino que incluso se fortalece y se une a los nuevos grupos dirigentes en ascenso.
  2. Aunque el clero desaparece como clase social, sigue manteniendo una gran influencia en la sociedad.
  3. La burguesía se convierte en el grupo social más influyente, pero no es tan dinámico como en el resto de Europa.
  4. Las escasas reformas agrarias impiden el desarrollo de una clase de propietarios agrícolas. Los campesinos con “hambre de tierras” serán un grupo muy numeroso e inestable.
  5. Aunque aparece un proletariado asociado a las fábricas, existe una enorme variedad de tipos en las clases urbanas (artesanos, pequeños comerciantes, trabajadores de servicios, etc.).

La mujer bueguesa, a mediados del siglo XIX aparece la cuestión de la mujer, es decir, la mujer aparece por vez primera como un problema social como consecuencia de la Revolución Industrial, que había acabado con la familia tradicional. Antes, las amas de casa estaban sometidas al hombre, pero llevaban el peso de un gran número de actividades: hacían conservas, salaban pescado, confeccionaban la ropa de la familia, cuidaban la huerta y los animales, fabricaban jabón y velas, cuidaban de la salud de toda la familia. La Revolución Industrial, poco a poco, le quitó todas estas atribuciones: el jabón se compraba en las tiendas, la salud pasa a manos de los médicos, la población vive en las ciudades. La mujer se quedó sin un lugar propio en ese mundo. Fueron tiempos muy duros para las mujeres: las de clase baja se reventaban en turnos fabriles de dieciséis horas, y además habían de parir y llevar el hogar. Las de clase media y alta quedaban atrapadas en una jaula de oro. Esto explica, por ejemplo, la proliferación de la clorosis, nombre antiguo de la anemia, entre las mujeres de la segunda mitad del XIX, fruta de la insana moda del corsé, de los encierros en el propio hogar y de la falta de perspectivas vitales.

Nuevos paisajes urbanos

Las ciudades españolas, la mayoría de ellas de traza todavía medieval, han de transformarse obligadas por los cambios demográficos, económicos y sociales del siglo.

La Desamortización de conventos e iglesias permitió abrir nuevos espacios en las ciudades de inicios del siglo XIX pero éstas, todavía estranguladas por las antiguas murallas, necesitaban crecer más. Y el aumento de población hacinaba a la población urbana. Así, se produjo a mediados de siglo en muchas ciudades el derribo de las murallas y la aparición de nuevos espacios urbanos. El ferrocarril necesita, por su parte, de una estación, que provoca la creación de un entorno propio. Aparecen también las primeras fábricas y, con ellas, las barriadas obreras, normalmente carentes de los servicios mínimos. La pujante burguesía exige, por su parte, nuevos barrios, que han de ser construidos extramuros: se trata normalmente de ensanches, amplios espacios de la ciudad planificados – normalmente con un diseño en cuadrícula- y dotados de mayores comodidades e infraestructuras. Incluso las ciudades en crecimiento se anexionan pueblos cercanos, ahora convertidos en nuevos barrios urbanos.

  • La Restauración

Las bases políticas del sistema

El pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto (diciembre de 1874) pone fin a la Primera República y restablece la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII, hijo de Isabel II. Se inicia así un largo periodo histórico denominado “Restauración”, que entra en crisis ya bien entrado el siglo XX (Dictadura de Primo de Rivera, 1923, Segunda República, 1931), pero cuyo máximo apogeo se producirá en el última cuarto del siglo XIX.

El objetivo principal de su ideólogo más importante, el conservador Cánovas del Castillo, era garantizar la estabilidad política y la paz interior en el país frente a los desequilibrios y conflictos de las etapas precedentes. Y esto se consigue pero, no obstante, con una evidente falta de democracia, basándose, tal y como lo define el intelectual aragonés Joaquín Costa, en la“oligarquía y caciquismo” que dominarán la España de esa época.

Dos características básicas de la Restauración son el gobierno de los civiles, la no intervención del ejército en la política, y la pacificación interna del país.

Oposición política y social

La Restauración trajo a España, como hemos visto, una pacificación y una tranquilidad importante a la vida política, especialmente con respecto a las etapas anteriores, llenas de guerras civiles, pronunciamientos militares y revueltas populares. Todo esto conllevó también una importante mejora en la economía. Lo que no consiguió fue la democratización del país. El sistema de la Restauración se basaba en un bipartidismo férreo y en una alternacia en el poder basada en el fraude electoral. Eso dejaba fuera, lógicamente, cualquier otra opción política, desde las existentes ya anteriormente (republicano, carlistas) hasta los nuevos movimientos sociales y políticos que aparecen: el movimiento obrero, escindido en anarquistas y socialistas, y el nacionalismo, especialmente activo en Cataluña y el País Vasco.

La crisis de 1898

España, que ya había perdido gran parte de su esplendor imperial con la independencia de las colonias americanas a inicios de siglo, vivió durante el XIX una política exterior que se resistía a reconocer su nueva situación de potencia media a nivel internacional. Así, durante el reinado de Isabel II se diseñó una “política de prestigio” con intervenciones militares en todo el mundo (Chile y Perú, Marruecos, Indochina) pero que se limitó durante la Restauración (“política de recogimiento”), excepto en el norte de Marruecos y, especialmente, en los restos del imperio español: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y otras posesiones menores en el Pacífico.

El movimiento independentista cubano y filipino en contra del dominio español se vio incrementado con la intervención norteamericana, que culminó con una guerra entre España y Estados Unidos (1898) que acabó en rápido desastre: España se despertaba de golpe de su sueño imperial y se enfrentaba a su dura realidad política, social y económica.

El imperio colonial ultramarino español

Tras la independencia de la mayor parte del imperio a inicios del siglo XIX (Ayacucho, 1824), sólo las islas antillanas de Cuba y Puerto Rico, y el archipiélago de las Filipinas en sudeste asiático continuaron formando parte del imperio español. Cuba y Puerto Rico basaban su economía en la agricultura de exportación, esencialmente basada en el azúcar de caña y el tabaco, en la que trabajaba mano de obra negra esclava. Eran unas colonias que alcanzaron un importante desarrollo y que eran muy lucrativas para la metrópoli.  Cuba se convirtió en la primera productora de azúcar del mundo.

Las duras leyes arancelarias impuestas por el gobierno de Madrid convirtieron estos territorios en un “mercado cautivo” de los textiles catalanes o las harinas castellanas. Esta situación perjudicaba claramente a las islas antillana que podían encontrar  productos mejores y más baratos en los vecinos Estados Unidos. En Cuba y Puerto Rico, la hegemonía española fue basando cada vez más en la defensa de los intereses de una reducida oligarquía esclavista, beneficiada por la relación comercial con la metrópoli.

El caso filipino era bien diferente. Aquí la población española era escasa y muy pocos capitales invertidos. El dominio español se sustentaba en una pequeña presencia militar y, sobre todo, en el poder de las órdenes religiosas.

El problema cubano y la guerra con Estados Unidos

La  Guerra Larga  (1868-1878), saldada con la Paz de Zanjón, había sido un primer aviso serio de las aspiraciones independentistas cubanas. La ausencia de reformas facilitó el que el anticolonialismo se desarrollará pese a la represión. José Rizal en Filipinas y José Martí en Cuba se configuraron con figuras claves del nacionalismo independentista filipino y cubano.

En 1895 estallaron de nuevo insurrecciones independentistas en Filipinas  y Cuba. Una dura y cruel guerra volvió a provocar que decenas de miles de soldados procedentes de las clases más humildes fueran embarcados hacia esas distantes islas.

La gran novedad va a ser la ayuda estadounidense a los rebeldes cubanos. Washington ayudó a los insurrectos caribeños esencialmente por dos razones:

  1. Intereses económicos mineros y agrícolas. Cuba era la primera productora del mundo de azúcar.

  2. Interés geoestratégico. El naciente imperialismo norteamericano buscaba el dominio del Caribe y Centroamérica. Lo que denominaban su back courtyard (patio trasero).

En realidad, el enfrentamiento que se aproximaba en Cuba mostraba la pugna entre un imperialismo moribundo, el español, y uno que estaba naciendo y que iba a marcar los tiempos posteriores, el norteamericano.

La aún inexplicada explosión en el navío norteamericano Maine en el puerto de La Habana, explosión que costó la vida de 260 marinos estadounidenses, propició una furibunda campaña periodística de las cadenas de Pulitzer y Hearst. El gobierno norteamericano del presidente McKinley, alentado por una opinión pública cada vez más belicista, declaró la guerra a España.

El conflicto fue un paseo militar para Estados Unidos que conquistó Cuba, Puerto Rico y Filipinas. España firmó la Paz de París en diciembre de 1898. Por este acuerdo, España cedió a EE.UU. la isla de Puerto Rico, que hoy sigue siendo un estado asociado de EE.UU., Filipinas y la Isla de Guam en el Pacífico. Cuba alcanzaba la independencia bajo la “protección” estadounidense (Enmienda Platt y base militar de Guantánamo).

La sustitución del dominio español por el norteamericano engendró un profundo descontento en las antiguas colonias. EE.UU. tuvo que hacer frente a una guerra en Filipinas (1889-1902) y en Cuba el sentimiento antinorteamericano se extendió por amplias capas sociales.

Desde la perspectiva española, las pérdida de las últimas colonias vino a denominarse el “Desastre del 98” y tuvo una importante influencia en la conciencia nacional. La irresponsabilidad de los gobiernos de la Restauración habían llevado a una situación que costó la vida de decenas de miles de españoles, primero en la guerra contra los insurrectos cubanos, después en una guerra contra Estados Unidos que no se podía afrontar.

El 98 y sus repercusiones

Aunque desde una perspectiva económica, no se puede hablar de desastre:

  1. El fin de la guerra guerra permitió al ministro Fernández Villaverde abordar  algunas reformas necesarias en el sistema de impuestos y en la emisión de deuda, lo que supuso un saneamiento de la situación de la Hacienda. Por primera vez en mucho tiempo, el estado español tuvo superavit a principios del siglo XX.

  2. La pérdida de las colonias supuso una importante repatriación de capitales que fueron invertidos en la economía peninsular.

  3. España no  perdió la escasa presencia que ya se tenía en los mercados latinoamericanos.

Sin embargo, la apabullante derrota ante EE.UU. y la pérdida de más de 50.000 combatientes provocó una intensa conmoción en la sociedad española en todos los ámbitos. Políticos del régimen canovista como Francisco Silvela, que escribió “España sin pulso”; opositores socialistas o republicanos; intelectuales como Joaquín Costa; todos sintieron la pérdida de las colonias como el Desastre del 98 .

  1. Esta conmoción nacional provocó una profunda crisis de la conciencia nacional que marcó la  obra crítica de los diversos autores que componen la generación del 98 (Unamuno, Baroja, Maeztu…)
  2. Propuestas de reforma y modernización política como  el Regeneracionismo, con una doble vertiente de reforma política y de reforma educativa

  3. Mayor empuje y presencia de los nacionalismos periféricos, ante una evidente crisis de “la idea de España”.

La derrota de 1898 había puesto de relieve de forma trágica y súbita todas las limitaciones del régimen de la Restauración y su parálisis a la hora de afrontar los problemas sociales y la modernización del país. El Regeneracionismo de Joaquín Costa fue la principal expresión de una renovada conciencia nacional que aspiraba a la reforma del país. El pensamiento de Costa se basó en una crítica radical al sistema caciquil que había impedido la implantación de una verdadera democracia basada en las clases medias y la modernización económica y social del país.

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