8- 1989 – 2009

  • ¿”Fin de la Historia” o “Choque de civilizaciones”? (1989-2009)

Nuevo orden posterior a la caída del muro de Berlín

La caída del bloque comunista o del Este provocó un reorganización del sistema internacional. El más espectacular de los cambios ocurrió en Europa, donde se produjo el estallido del statu quo mantenido desde Yalta, y que a muchos observadores, incluyendo a la buena parte de los estadistas (destacadamente, Margaret Thatcher y François Mitterrand), parecía inamovible o al menos de no conveniente vulneración. Dentro de su propio ámbito, la rigidez del sistema político comunista y la interiorización de la represión había disimulado la persistencia de problemas étnicos y religiosos, que a partir entonces se expresaron en toda su dimensión.

Guerras yugoslavas

Paradójicamente, fueron los estados menos vinculados a la Unión Soviética los que más violentamente sufrieron la caída del muro. El sistema comunista más aislado del mundo, Albania, se desintegró en medio de la anarquía, mientras que Yugoslavia, ignorando las poco decididas peticiones de mantenimiento de la unidad por parte de la comunidad internacional, se fragmentó en las repúblicas que componían su confederación (el derecho a la secesión estaba reconocido en su constitución). Las más decididamente separatistas fueron Eslovenia y Croacia, católicas y declaradamente pro-occidentales (explícitamente buscando el decisivo apoyo alemán), mientras que Serbia (ortodoxa y pro-rusa) pretendía la continuidad de una República Federal de Yugoslavia (desde 1992) bajo el liderazgo del comunista Milosevich, con una postura cada vez más nacionalista serbia. Los conflictos más graves surgieron en Bosnia-Herzegovina (de composición étnica muy mezclada entre serbio-bosnios, bosniocroatas y bosnio musulmanes) y la provincia serbia de Kosovo (mayoritariamente poblada por albaneses). La intervención internacional, liderada por los Estados Unidos, sancionó la derrota serbia en ambos conflictos.

Las antiguas repúblicas soviéticas

La separación de las repúblicas bálticas fue radical, y llevó a su integración en Occidente (OTAN y Unión Europea), mietras que la de las repúblicas del Asia central no lo fue tanto, permaneciendo fuertes vínculos con la reorganizada Federación Rusa. Lo mismo ocurrió en Bielorrusia, donde se estableció un régimen autoritario.

Ucrania, sobre todo tras la revolución naranja, se ha mantenido en un difícil equilibrio, no sin conflictos de naturaleza económica, como las denominadas guerras del gas. En la zona del Cáucaso se produjo la independencia de las repúblicas del sur (Georgia, Azerbaiján y Armenia), mientras que el norte permaneció dentro de la Federación Rusa. En ese entorno se han producido los enfrentamientos más violentos, como el de Chechenia, duramente reprimido por los nacionalistas rusos.

Ciertos vínculos institucionales entre las antiguas repúblicas soviéticas se han mantenido en una Comunidad de Estados Independientes (CEI), de entidad poco más que simbólica.

El despertar de China

Se atribuye a Napoleón la frase dejad que China duerma, cuando China despierte… el mundo temblará.89 Si el despertar de China se ha venido produciendo desde la Revolución, su impacto en el mundo no se produjo decisivamente hasta finales del siglo XX, y bajo criterios muy distintos a los del maoísmo. La República Popular venía transformándose desde el proceso a la denominada banda de los cuatro que siguió a la muerte de Mao Tsé-Tung (1976). Se produjo una apertura en el régimen comunista chino, que bajo el liderazgo de Deng Xiaoping y su política de un país, dos sistemas, intentó la empresa de generar una economía de mercado sin sacrificar el régimen político comunista de partido único, cuyo carácter totalitario quedó evidenciado con la represión de las protestas de la Plaza de Tian’anmen de 1989. El continuado crecimiento económico ha convertido a China en una potencia de cada vez mayor importancia. Los productos chinos cada vez tienen mayor presencia en el comercio internacional, así como sus inversiones, orientadas sobre todo a la búsqueda de materias primas y recursos energéticos por todo el mundo; aunque su papel en el sistema financiero y monetario internacional es mucho menor. La tecnología china ha permitido colocar en órbita a su propio aikonauta (2003). El alcance de su creciente capacidad militar es una incógnita que aún no ha sido puesta a prueba, pero su presencia en el concierto internacional quedó evidenciada de forma clara desde la recuperación de Hong Kong (1997) y Macao (1999).

Expansión y “decadencia” de Europa

La unificación de las dos Alemanias, la transformación de las Comunidades Europeas en la Unión Europea y su expansión hacia los países del este en transición al capitalismo, convirtieron a Europa, ya sin el adjetivo de occidental, en un “gigante económico”, cuya divisa, el euro, equilibró eficazmente el anterior monopolio del dólar en los mercados monetarios internacionales. No obstante, la incapacidad demostrada por los países miembros para profundizar las partes no económicas de la unión, y la falta de coordinación exterior la dejaron como un “enano político”, a pesar de su crecimiento burocrático e institucional (Tratado de Lisboa, 2007). La iniciativa en los foros internacionales y en las intervenciones militares siguieron dejándose en manos de los Estados Unidos, como mucho coordinados a través de la OTAN, incluso para conflictos en el mismo corazón del continente, como las guerras yugoslavas. El Reino Unido mantuvo recelos euroescépticos a la mayor parte de las políticas integradoras, así como su relación preferencial “transatlántica” con la superpotencia americana. En ausencia de una única autoridad común, el denominado eje francoalemán, mantenido por los líderes de ambas naciones más allá de las personas o partidos que fueron sucediéndose en el poder, funcionó como el más evidente núcleo de poder decisorio en Europa.

El “poder blando” de Estados Unidos

La victoria en la Guerra Fría dejó a Estados Unidos como única superpotencia, no solo en lo militar, sino en el denominado poder blando que se concreta en la difusión de sus productos culturales y tecnológicos (destacadamente los ligados a la informática e internet) y la universalización de la particular ideología, identificada con el american way of life que considera indivisibles la libertad política y económica (capitalismo democrático). La presidencia pasó de los republicanos (Reagan, 1981-89 y Bush padre, 1989-93) a los demócratas durante los mandatos de Bill Clinton (1993-2001), para volver a los republicanos con Bush hijo (2001-2009).

A pesar de su continuidad indiscutida en la cúspide de la riqueza económica, el poder militar y el predominio ideológico, o bien precisamente por la frustración de las expectativas suscitadas por ello; las interpretación más común del sistema internacional suele hablar de un declive de los Estados Unidos, incluso de un fracaso en cuanto a la gestión de su liderazgo frente los problemas mundiales: calentamiento global (negativa a firmar el protocolo de Kioto), proliferación nuclear (problemática respuesta a los desafíos nucleares de Corea del Norte e Irán, tras la utilización del argumento de las armas de destrucción masiva para justificar la guerra de Irak), terrorismo, incapacidad para responder a las crecientes demandas de resolución de conflictos en estados fallidos o crisis humanitarias (especialmente en África, donde la fracasada intervención en

Somalia -1993- llevó a la no intervención en el Genocidio de Ruanda -1994- o en el Conflicto de Darfur -2003-); y un emperoramiento de su imagen internacional (antiamericanismo). Su propia opinión pública interna se caracterizaba (al menos hasta el 11-S) por una doble y contradictoria exigencia: la de intervenir en el exterior para solucionar todo tipo de problemas mundiales, y la intolerancia a asumir el riesgo de pérdida de vidas no solo propias, sino también del enemigo. Tales exigencias llevaron a una extremada tecnologización de la guerra y a todo tipo de cautelas mediáticas (la Primera Guerra del Golfo -1991- fue retransmitida en directo por la CNN prácticamente sin imágenes de heridos o cadáveres).

Los conflictos internos dentro de Estados Unidos, superada la fase más combativa de la lucha por los derechos civiles, se expresaron en un aumento de la actividad de grupos ultraconservadores y una preocupante difusión de la violencia grupal o individual (disturbios de Los Ángeles en 1992, masacre de los davidianos de Waco -1993-, atentado de Oklahoma City -1995-, atentados antitecnológicos de Unabomber -hasta 1996-, Masacre del instituto Columbine -1999-) denunciada por un famoso documental de Michael Moore.

Democratización de América Latina

La desaparición de la Unión Soviética rompía toda posible vinculación entre los movimientos izquierdistas locales de América Latina y cualquier superpotencia hostil a los Estados Unidos; lo que había sido la principal causa para su apoyo a las dictaduras militares de los años setenta y ochenta. Las últimas intervenciones norteamericanas, con utilización abierta de fuerza armada, fueron la invasión de Granada, 1983 y la la de Panamá de 1989. Cuba estaba sometida a un riguroso aislamiento internacional, acentuado por un embargo comercial que no consiguió debilitar en el interior al régimen de Fidel Castro. En el cono sur (Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay), se produjo la reconstrucción de los regímenes democráticos en los años noventa, no sin dificultades, fundamentalmente por sucesivas crisis económicas que tensionaron las denominadas transiciones a la democracia (por ejemplo, el corralito argentino).

Globalización y antiglobalización

Los medios de comunicación, especialmente los medios de comunicación de masas (prensa, cine, radio, televisión) habían permitido desde el inicio del siglo XX la difusión mundial del poder blando de la cultura estadounidense en todos sus contenidos, tanto la ideología subyacente todo tipo de información, cultural, anecdótica o embrutecedora, o la misma publicidad. La revolución informática, la telefonía móvil e internet han llevado el proceso a su extremo en la década final del siglo XX y la primera del siglo XXI (blogosfera, web 2.0, etc.).

La intensificación de los movimientos migratorios (cuya necesidad, represión o control es objeto de intensos debates), la mejora tecnológica en el transporte de mercancías (logística, normalización de contenedores), la cada vez más libre circulación de capitales y la caída o liberalización de las barreras comerciales por el fin de los bloques y las sucesivas rondas del GATT y la Organización Mundial de Comercio; han llevado la antigua economía-mundo del siglo XVI a un grado de integración nunca antes conocido.

La homogeneización de estilos de vida parece haber confirmado la hipótesis de Marshall Mac Luhan, que hablaba de la aldea global en los años sesenta. La descentralización que implica el concepto de red hace que sean cada vez más habituales los contenidos alternativos al dominante (la televisión árabe Al Yazira como competencia de la norteamericana CNN, las películas de Bollywood o el manga japonés). La aceleración en el ritmo de cambio de las modas, las tendencias y los referentes culturales los hace efímeros y de difícil seguimiento fuera de cada tribu urbana identidicada con alguno de ellos. En múltiples campos se generan efectos insospechados de la aplicación del concepto de la simultaneidad posibilitada por el intercambio masivo de información en tiempo real. Los movimientos sociales tradicionales se están transformando de un modo decisivo, incluso las convocatorias para las manifestaciones y protestas han dejado de hacerse por los medios tradicionales para realizarse de forma autónoma y espontánea por la propia dinámica generada en las redes sociales. La comunidad científica (en cuyo seno surgió la World Wide Web como un mecanismo de colaboración entre grupos de investigación) ha llevado a cabo programas de potencia insospechada, como el Proyecto Genoma Humano (1984-2000) y los avances en ingeniería genética, que podrían cuestionar el mismo concepto de ser humano (transhumanismo).

Los partidarios de la globalización argumentan que facilita el libre intercambio de ideas, la expresión individual y el respeto por los derechos de las personas, además de ser inevitable, como lo es el progreso tecnológico. Sus detractores denuncian que la globalización es unilateral y promueve el predominio de una cultura particular (la estadounidense) que acabaría imponiéndose a todo el planeta acabando con las minorías culturales, lingüísticas y religiosas, y que los defensores de la globalización en realidad defienden sus propios intereses económicos, como la sumisión de los estados a una competencia suicida por la deslocalización el dumping social y el dumping ecológico.

No existe una unidad de intereses ni de expresión en estos movimientos, que incluyen desde la defensa del proteccionismo agrario (José Bové) hasta las más clásicas protestas sociales antes expresadas en el movimiento obrero, el ecologismo y el pacifismo. Paradójicamente, la respuesta a la globalización se ha organizado en torno a redes sociales dinámicas permitidas por el propio proceso de globalización, con el denominado movimiento antiglobalización o alter mundialismo, iniciado de forma más o menos espontánea en las manifestaciones de Seattle (1999) como respuesta a la reunión del FMI y en la Contra cumbre del G8 en Génova (2001) e institucionalizado en torno al Foro Social Mundial de Porto Alegre (organizado de forma alternativa a los mismos y a los elitistas encuentros del denominado Hombre de Davos). Han generado el lema otro mundo es posible.

El mundo posterior al 11-S

Perspectiva desde la Estatua de la Libertad hacia las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, en el momento del atentado.

Los atentados que llevó a cabo Al Qaeda (una enigmática red de terrorismo islamista organizada por el millonario saudí Osama Bin Laden) contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, y la reacción estadounidense posterior, liderada por el presidente George W. Bush (guerra de Afganistán y guerra de Irak), evidenciaron la existencia de un nuevo tipo de conflicto global que Samuel Huntington había previamente denominado con el término choque de civilizaciones (teoría construida en polémica con Francis Fukuyama, quien había proclamado, en los tiempos de la caída de la Unión Soviética, que la historia tendía ineludiblemente hacia sistemas liberales, y que cuando estos se conseguían, estábamos ante el Fin de la Historia). Los atentados evidenciaron la vulnerabilidad del sistema occidental ante los grupos con voluntad de utilizar en su contra las posibilidades que una sociedad abierta les permitía, y lo contradictorio de reaccionar con la restricción de las libertades (Acta Patriótica) o la criminalización social de las minorías islámicas, prácticas que de haberse llevado a un extremo habrían constituido el éxito más claro de los agresores.94 La reacción exterior, más allá de su éxito o fracaso relativo, demostró la gigantesca capacidad de respuesta de Estados Unidos y la solidez de su alianza con un gran número de países (OTAN, Japón, gobiernos de los países islámicos denominados moderados -monarquías del Golfo Pérsico, Marruecos, Jordania, Pakistán-), al tiempo que Rusia y China evitan comprometerse y algunos países del denominado eje del mal efectuaban acercamientos a Occidente (Libia, Siria).

No obstante, las divisiones existentes en la vasta coalición pro-occidental se expresaron en la diferente actitud de cada uno de los países aliados de Estados Unidos: divergencia entre la opinión pública y los gobiernos, sobre todo en los países musulmanes (que al cabo de los años -a comienzos de 2011- llevó al estallido de revueltas simultáneas en los países árabes cuestionando la estabilidad de un gran número de regímenes autoritarios que los países occidentales consideraban valiosos contra el islamismo radical);  resistencia de Francia y Alemania (denominados vieja Europa frente a la nueva Europa de los aliados más firmes de Estados Unidos – los antiguos países comunistas del Este de Europa, la España de José María Aznar y la Italia de Berlusconi-) a implicarse en la guerra de Iraq, o la salida de las tropas españolas (tras el atentado del 11 de marzo de 2004 y la inmediata victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero). Tampoco dentro de los mismos Estados Unidos la posiciones eran unánimes, sobre todo tras no encontrarse las armas de destrucción masiva que se había afirmado que poseía Saddam Husein (hecho que se había aducido como casus belli para el ataque preventivo) y otros escándalos (torturas en la prisión de Abu Ghraib y detención sin plazo ni juicio de los denominados combatientes ilegales en el centro de detención de Guantánamo, que se ha comprometido a cerrar Barack Obama -primer presidente negro de los Estados Unidos, 2009-).

El predominio de los Estados Unidos, única superpotencia de la escena internacional tras la desaparición de la Unión Soviética, se ve contestado, al menos nominalmente, por las declaraciones en favor de un mundo multipolar en vez de unipolar.97 En eso suelen coincidir, aunque en muy distintos términos, desde la postura común de la política exterior de la Unión Europea hasta la más agresiva del Irán de Mahmud Ahmadineyad (expresión del islamismo radical) o la Venezuela de Hugo Chávez (y otros líderes hispanoamericanos que en algunos casos reciben la denominación de indigenistas -Evo Morales en Bolivia-).

La crisis económica de 2008, que surgió como consecuencia del estallido de una burbuja financiera-inmobiliaria, ha puesto en cuestión las bases del sistema financiero internacional y desatado el temor a una profunda recesión que cuestione la continuidad del sistema capitalista y el propio sistema democrático, identificados ambos en lo que se ha llegado a denominar capitalismo democrático;98 y no solo del concepto de Estado nacional, cuestionado desde hacía tiempo, sino del de integración supranacional, evidenciada la grave vulnerabilidad de la Eurozona a la crisis monetaria de 2010,99 agravada en los meses siguientes con las sucesivas crisis de la deuda soberana de los países periféricos. Durante el año 2011 se produjeron revueltas populares con características innovadoras en los países árabes (primavera árabe), simultáneamente al surgimiento de nuevos movimientos sociales en los países más desarrollados (indignados en España, occupy Wall Street en Estados Unidos, etc.); todos ellos caracterizados por su impacto viral en las redes sociales y medios de comunicación junto a la ocupación física de espacios públicos emblemáticos.

El paso del tiempo demostrará si la historiografía futura entiende la evolución histórica de los últimos o próximos años (caída de la Unión Soviética, atentado contra las Torres Gemelas, u otros hechos que estén por producirse) como el desarrollo de las mismas características propias de toda la Edad Contemporánea, o como una nueva época completamente distinta que justifique una nueva periodización de la historia o una renovación metodológica; aunque mientras los hechos y procesos están en curso, tales tareas no corresponden a la historiografía, sino a la prospectiva.

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