2.1- S. XX Las revoluciones rusas 1917. La URSS

La revolución rusa fue uno de los acontecimientos clave de la historia del siglo XX. La primera guerra mundial sometió a tensiones brutales a la sociedad rusa y provocó la revolución que acabó con la autocracia zarista. Tras una efímera experiencia liberal, en noviembre de 1917 triunfó la primera revolución comunista de la historia. Lenin dirigió con mano de hierro al nuevo estado soviético a través de un período de horror y calamidades. La primera guerra mundial, la revolución y la guerra civil golpearon duramente al tejido social ruso.

La sociedad del antiguo imperio ruso zarista nunca volvió a ser la misma. Los cambios emprendidos por la revolución transformaron radicalmente la economía y la sociedad soviéticas.

Stalin, su sucesor, concluyó la construcción de la dictadura comunista. La economía fue centralizada por el Estado y el poder político quedó en manos del dictador que controlaba férreamente al partido comunista y a la sociedad soviética. El terror estalinista configuró uno de los grandes regímenes totalitarios del siglo XX.

El Imperio Zarista: la difícil modernización de una autocracia

La autocracia zarista gobernaba un enorme país atrasado en el que la industrialización solo había alcanzado a algunos núcleos urbanos. La ineficacia de la monarquía absoluta se reflejó de forma abrupta cuando, ante la sorpresa de todo el mundo, Japón derrotó en 1905 a la que aún se consideraba una gran potencia europea. Ese mismo año, una revolución fallida sacudió los cimientos del régimen zarista y puso en evidencia la inestabilidad de las bases en que se sustentaba.
En 1914 el imperio zarista era una gran potencia que se extendía por veintidós millones de kilómetros cuadrados a lo largo de Europa y Asia y contaba con ciento setenta millones de habitantes.

Desde 1905, Rusia vivió importantes transformaciones económicas. Aunque los campesinos analfabetos seguías siendo la mayoría de la población del imperio, las reformas de Sergei Witte, ministro del zar Nicolás II, favorecieron una intensa industrialización en unos pocos núcleos industriales urbanos y el nacimiento de un proletariado pobre y combativo.

Esta sociedad en transformación chocaba con una autocracia en la que el poder absoluto del Zar se sustentaba en la todopoderosa Ojrana, la policía
política.

Diversos grupos clandestinos luchaban contra la monarquía rusa. Entre ellos, destacaba un pequeño grupo de marxistas revolucionarios dirigidos por Lenin,
seudónimo de Vladimir Illich Uliánov. Conocidos como los bolcheviques,
representaban una facción del Partido Socialdemócrata Ruso en la que confluía
una visión radical de marxismo con la disciplina propia de una organización
clandestina.

En ese contexto, la guerra mundial fue especialmente dañina para Rusia. En un país atrasado, el esfuerzo bélico (a mediados de 1915 los rusos habían sufrido más de dos millones de bajas) y la escasez de alimentos y combustible derrumbaron la moral de guerra de la población. Rusia se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para la agitación revolucionaria.

Al descontento social, se le unió la impopularidad del zar Nicolás II, que se había puesto personalmente al frente del ejército ruso y que era considerado por la población como el responsable máximo de la catástrofe de la guerra. La situación terminó por estallar en marzo de 1917.

  • El primer acto de la revolución: marzo de 1917

En marzo de 1917, febrero en el antiguo calendario juliano, las protestas espontáneas de la población de Petrogrado (la actual San Petersburgo), nueva denominación de la ciudad de San Petersburgo, derivaron en una insurrección revolucionaria. En muy pocos días la autocracia zarista se derrumbó. Dos poderes contrapuestos: el gobierno provisional liberal burgués y los Soviets de obreros y soldados pugnarán por el poder en los meses posteriores. Mientras, la tragedia de la guerra mundial seguía golpeando al pueblo ruso.
La miseria y la falta de alimentos en el duro invierno ruso desencadenaron una serie de huelgas espontáneas en las fábricas de Petrogrado. El 12 de marzo las tropas enviadas a reprimir las protestas confraternizaron con los huelguistas. En tres días, del 12 al 15 de marzo, tres acontecimientos marcaron el fin del zarismo:

  1. La Duma o Parlamento nombró un Gobierno Provisional encargado de convocar elecciones a una Asamblea Constituyente.

  2. En Petrogrado se constituyó un Soviet de Trabajadores y Soldados controlado por los partidos obreros (mencheviques, bolcheviques y socialistas revolucionarios)

  3. El zar Nicolás II abdicó en su hermano Miguel, quién rechazó el trono. La dinastía Romanov llegaba a su fin y se proclamaba la República.

Durante los seis meses siguientes, Rusia vivió una situación de “doble poder”. Dos instituciones pugnaron por dominar una situación caótica marcada por la guerra, la crisis económica y el derrumbamiento de las instituciones políticas.
Por un lado, el Gobierno provisional controlado por los liberales moderados con el Partido Cadete como principal apoyo. Este gobierno estableció las libertades políticas, pero decidió esperar a que la Asamblea Constituyente que debía elegirse abordara las cuestiones de mayor importancia. Por otro lado, los Soviets que surgieron por toda Rusia y que estaban dominados por los mencheviques y los socialistas revolucionarios. Aunque tenían un gran apoyo popular, los mencheviques renunciaron a tomar el poder. Dudaban que Rusia estuviera madura para emprender una revolución social radical. Rápidamente se vio que este sistema de poder dual funcionaba de una manera contradictoria e inefectiva. Mientras que el Gobierno Provisional proclamaba su intención de mantener a Rusia en la guerra contra los Imperios Centrales, los Soviets emitían su primera ley, orden número 1, que afirmaba que los soldados solo tenían que obedecer a sus oficiales cuando sus órdenes coincidieran con las directrices de los Soviets.
La guerra continuaba y los desastres y privaciones que padecía el pueblo ruso fueron minando la fortaleza de las posturas más moderadas. Llegaba el tiempo de los extremistas.
Hacia mediados de julio, los soldados, hartos de una guerra que parecía no tener fin, empezaron a desertar masivamente. El frente ruso se desmoronó. Al mismo tiempo los campesinos ocupaban la tierra de los terratenientes, los obreros comenzaban a tomar el control de algunas fábricas y, en medio del general desconcierto, las nacionalidades no rusos (polacos, lituanos, estonios, ucranios…) pugnaban por liberarse del dominio ruso. El gobierno provisional quedó en manos de Alexander Kerensky, un socialista revolucionario que mantuvo su compromiso con la Entente en la guerra.
Sólo los bolcheviques parecían tener respuesta a la crisis general. Su eslogan era muy simple: “Paz, Tierra y Pan”. Una minoría disciplinada y organizada consiguió tomar la iniciativa mientras las opciones más moderadas y los nostálgicos del zarismo fracasaban en su búsqueda del poder.

  • La revolución bolchevique: noviembre de 1917

La situación excepcional de la guerra, el derrumbamiento del aparato del estado
con deserciones masivas de soldados, el descrédito de las opciones más moderadas y el activismo disciplinado de los bolcheviques explica como una minoría marxista radical consiguió hacerse con el poder en las capitales rusas en noviembre de 1917.
Tras muchas dudas por parte de los dirigentes bolcheviques, Lenin se decidió a actuar. Su partido controlaba en ese momento el Soviet de Petrogrado y Trotsky, el otro gran líder bolchevique, que dirigía el denominado Comité Militar Revolucionario, dio la orden de asaltar el poder a la Guardia Roja, una milicia de soldados revolucionarios controlada por el partido de Lenin.
El golpe de estado del 7 de noviembre fue un éxito. El gobierno provisional fue destituido y sus miembros huyeron o fueron arrestados. Lenin se puso al frente de un gobierno de los Comisarios del Pueblo basado en un partido de doscientos mil miembros que proclamaba su dominio sobre un estado de más de ciento setenta millones de habitantes. El Congreso de los Soviets reunido en aquel momento decidió apoyar el golpe de estado y aceptar el nuevo gobierno. Muchos mencheviques y socialistas revolucionarios protestaron y dimitieron antes de aprobar un golpe de estado ilegal. Trotsky les despidió así: “Sois unos penosos individuos aislados; estáis corruptos; ya no pintáis nada. Marchad ahora mismo a donde pertenecéis, ¡al vertedero de la historia!”.
Nada más llegar al poder, el nuevo ejecutivo aprobó dos decretos con los que buscaba el apoyo de las clases trabajadores:

  1. Decreto de la paz, en el que se proponía a todos los contendientes una inmediata paz sin anexiones ni reparaciones. De hecho, los bolcheviques firmaron el armisticio con Alemania en diciembre de ese año.

  2. Decreto de la tierra, estableciendo la expropiación de los terratenientes y el reparto de la tierra entre los campesinos.

Lenin trataba así de afianzar su poder. No pudo evitar en contra de su voluntad que se celebrasen las prometidas elecciones a la Asamblea Constituyente. El resultado fue claro. Los bolcheviques solo consiguieron un cuarto de los diputados en una asamblea donde los socialistas revolucionarios eran mayoritarios. La respuesta del gobierno de los Comisarios del Pueblo fue fulgurante: la Guardia Roja disolvió la Asamblea el 5 de enero de 1919. En adelante, el gobierno de Lenin basó la legitimidad de su gobierno en los Soviets, controlados férreamente por los bolcheviques. Se trataba de justificar la dictadura comunista y presentarla como una democracia basada en los Soviets.
Desde un principio, los comunistas, como empezaban a ser denominados los bolcheviques, fueron estableciendo las bases de la dictadura. En diciembre de 1917, antes de la disolución de la Asamblea, un decreto había creado la Checa, la policía política, dirigida por Felix Dzerzhinsky. Las demás fuerzas políticas, incluyendo a mencheviques y socialistas revolucionarios, fueron prohibidas y perseguidas.

  • La guerra civil y el comunismo de guerra

El establecimiento del nuevo régimen no fue una tarea sencilla. Rusia se vio envuelta en una guerra civil en la que el gobierno de Lenin tuvo que defenderse de una coalición nacional e internacional antibolchevique. En parte por necesidad, en parte por convicción ideológica, el gobierno de Lenin aplicó una nueva política económica: el “comunismo de guerra”. En medio de la guerra civil se inició una transformación radical de la economía y la sociedad rusas. Inmediatamente después de llegar al poder, el gobierno comunista tuvo que hacer frente a un ataque militar generalizado. Tres fuerzas principales se enfrentaron al gobierno de Moscú, la nueva capital del país:

  1. El Ejército Blanco: una abigarrada coalición de todos los opositores al bolchevismo en la que predominaron diversos generales zaristas.

  2. Fuerzas de la Entente (británicas, francesas, norteamericanas, japonesas) enviadas con la esperanza de derrocar a los comunistas y conseguir que Rusia volviera a la lucha contra los Imperios Centrales. Aunque mandaron pequeños ejércitos expedicionarios, la intervención extranjera se basó en la ayuda a los “generales blancos”.

  3. Fuerzas del recién creado estado polaco que se enfrentaron al nuevo estado soviético en la guerra ruso-polaca (1918-1921).

El gobierno bolchevique tuvo que tomar medidas extraordinarias. León Trotsky se puso al frente del Ejército Rojo, al que consiguió organizar con férrea disciplina. En adelante, el ejército y la Checa emprendieron la destrucción sistemática del enemigo.
A la vez que en Rusia estallaba la guerra civil, la guerra mundial entraba en su última fase. Para hacer frente al conflicto interno,
Lenin tuvo que plegarse a los Imperios Centrales. En marzo de 1918, firmó la Paz de Brest-Litovsk que certificaba la pérdida de importantes territorios del antiguo imperio zarista. Alemania y sus aliados no pudieron disfrutar por mucho tiempo de su victoria en el frente oriental. Las ofensivas franco-británicas y estadounidenses en el frente occidental llevaron en noviembre de 1918 a la derrota de los Imperios Centrales.
Acabada la Gran Guerra, las fuerzas expedicionarias extranjeras enviadas a Rusia retornaron a sus países. En adelante, el Ejército Rojo centró todas sus energías en derrotar a un Ejército Blanco, desorganizado y minado por las divisiones internas. Finalmente, en 1921, los comunistas, que en algún momento solo controlaron la región en torno a Moscú, pudieron proclamar su triunfo en la guerra civil. Al año siguiente nacía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), nuevo estado dirigido por el Partido Comunista.
Durante la guerra, los bolcheviques aplicaron un nuevo modelo económico que surgió de las necesidades bélicas y de sus propias convicciones ideológicas. Poco después de la iniciada Guerra Civil y la invasión extranjera, se instauró el “comunismo de guerra” (1918-1921). En medio del marasmo económico causado por la Primera Guerra Mundial, la Revolución y el conflicto entre “rojos” y “blancos”, el objetivo del “comunismo de guerra” no era otro que el de asegurar que unos mínimos de producción agrícola e industrial llegarían a las empresas y los consumidores urbanos. Se trataba simplemente, de la supervivencia del nuevo régimen y no de una estrategia económica deliberada. Ahora bien, el “comunismo de guerra” no dejaba de expresar los prejuicios del bolchevismo frente a la economía de mercado y a la propiedad privada.
En la agricultura, el “comunismo de guerra” consistió básicamente en la requisa de alimentos a los campesinos para abastecer al Ejército Rojo y a las ciudades. El sector industrial fue nacionalizado en su mayor parte y sometido a estrictas regulaciones por parte de organismo estatales no muy distintos de los creados durante la Primera Guerra Mundial. La inflación se disparó espectacularmente: el nivel de precios llegaría a ser 16.800 veces mayor que en 1914. El dinero desapareció como instrumento de los intercambios a favor del racionamiento y el trueque.
En medio de esta situación caótica, el nuevo régimen introdujo una serie de importantes reformas sociales. Alexandra Kollontai, Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública, promovió la construcción de “palacios para la protección de la maternidad y los niños”. Entre 1918 y 1920, el gobierno de Lenin aprobó el matrimonio civil, legalizó el divorcio y permitió la interrupción del embarazo. Kollontai promovió la creación de una agencia, la Zhenotdel, el primer organismo gubernamental para la situación femenina de la historia, que envió delegados a todas las regiones de Rusia explicando el nuevo orden social. A menudo, especialmente en las zonas más atrasadas, los miembros de la agencia fueron brutalmente asesinados por hombres indignados que se negaban a aceptar cualquier tipo de liberación de sus mujeres e hijas.
Otro aspecto destacado de la política social comunista fue la activa campaña de alfabetización iniciada por la Comisión Extraordinaria para la Liquidación del Analfabetismo. Para entender la labor de esta Comisión hay que tener en cuenta que, al empezar la primera guerra mundial, sólo la mitad de los niños entre 8 y 12 años asistían a la escuela. Este fue sin duda, uno de los grandes logros de la revolución.

  • El nuevo estado soviético

La Rusia surgida de la guerra civil era un país destrozado y hambriento. La rebelión de los marinos, célebres por su apoyo a los bolcheviques, de la base naval de Krondstadt en marzo de 1921 mostró a Lenin el alcance del descontento popular. La respuesta del gobierno comunista fue un giro importante en la política económica, la NEP (New Economic Policy, Nueva Política Económica). La liberalización controlada de la economía permitió la recuperación económica.

La guerra civil había supuesto una verdadera tragedia para un país que había sufrido
anteriormente una guerra mundial y una revolución. Los efectos perniciosos del
“comunismo de guerra” agravaron aún más el coste humano y económico para el
nuevo estado comunista.

Esta terrible situación interna se inscribía en un contexto internacional decepcionante para los bolcheviques. Lenin y sus seguidores habían siempre considerado que la revolución en Rusia sólo se salvaría si se extendía a los países más desarrollados de Europa. Sin embargo, sus sueños de una revolución mundial se desvanecieron pronto. El fracaso de los espartaquistas en Alemania y de los comunistas de Bela Kun en Hungría hicieron evidente en 1919 que la revolución soviética rusa debía seguir su camino por sí misma, sin aliados externos.

El “comunismo de guerra” no desapareció totalmente cuando concluye el conflicto civil y la intervención occidental. Sin embargo, la crisis agrícola de 1921 alcanzó una intensidad tal que hizo peligrar el apoyo de los trabajadores industriales y los habitantes de las ciudades al bolchevismo. Un sector del campesinado ya venía manifestando su oposición a un modelo económico de excepción que les ofrecía poco o nada a cambio de sus productos. La repuesta de los dirigentes soviéticos consistió en una marcha atrás a favor del mercado y de la propiedad privada. En marzo de 1921 se inició la Nueva Política Económica (NEP), que se mantuvo en vigor hasta 1928.

Las nuevas directrices económicas autorizaban a los campesinos a vender su producción a particulares o a organismos estatales. Se permitió también el comercio privado, por lo general al por menor. El comercio exterior se recuperó, aunque nunca volvería a alcanzar los niveles de preguerra. La reorientación económica alcanzó también a la moneda y las finanzas públicas. Una especie de patrón oro fue introducido en 1922. Por su parte, la reducción del gasto estatal y el aumento de los impuestos también contribuyeron a la estabilización de los precios. Las empresas industriales de mayores dimensiones permanecieron en poder del Estado, pero sus directivos fueron alentados a gestionarlas siguiendo algunos criterios típicamente capitalistas. Los principales bancos continuaron estatalizados.

Los resultados no se hicieron esperar. Los niveles de producción de los sectores agrícola e industrial eran en 1927 o 1928 como los de preguerra. Ahora bien, pese a cierto retorno al mercado, la economía de los años veinte era distinta a la del último
zarismo. Los mecanismos mediante los cuales se efectuaba la producción, el
intercambio y la distribución presentaban importantes novedades. La sociedad era
más igualitaria. El emprendedor, grande o pequeño, individual o colectivo, había
visto reducirse sus posibilidades de influir en las actividades económicas y de
beneficiarse de ellas. El Estado contaba con mayor poder en los ámbitos político
y económico. La economía había disminuido su apertura al exterior, menos
comercio y ninguna inversión extranjera. En esas condiciones, la industrialización debería transcurrir por vías no transitadas con anterioridad.

  •  La sucesión de Lenin

Tras el fracaso del “comunismo de guerra”, la NEP permitió la recuperación económica del país. Lenin, sin embargo no pudo verlo. Tras sufrir un atentado en 1918, su salud se deterioró rápidamente y murió en enero de 1924. La lucha por su sucesión entre los dirigentes bolcheviques se saldó con el triunfo de Stalin. Trotsky, su principal oponente, tuvo que abandonar el país.

Uno de los grandes problemas de cualquier dictadura es como regular la sucesión en el poder. Lenin era la única persona cuya autoridad era unánimemente aceptada en la dirección comunista. Tras su muerte, Liev Trotsky y Iósif Stalin, dos personajes bien diferentes, se enfrentaron por el control del partido comunista y del estado soviético.

Trotsky (Liev Davidovich Bronstein) era un magnífico orador, un importante intelectual y un enérgico organizador que había conseguido que el Ejército Rojo saliera victorioso en la guerra civil. Su egocentrismo y arrogancia contrastaban con la astucia y el espíritu calculador de su rival. Stalin (Iósif Vissarionovich Dzhugashvili) era georgiano y su oratoria en ruso, su segunda lengua, no era especialmente brillante. Sin embargo, siempre había sido fiel a Lenin y desde 1917 se había dedicado al trabajo organizativo en el partido. Era una labor mucho menos brillante que la de Trotsky, pero mucho más
práctica. La nueva burocracia que dominaba el estado soviético, los apparatchiks, estaba bajo su férreo control y éste será finalmente el factor determinante que le lleve al poder.

En 1922, el diario oficial del partido, la Pravda (“Verdad”), publicaba una breve noticia
anunciando el nombramiento de Stalin como Secretario General del Partido Comunista. Ese cargo, en principio anodino y burocrático, se convirtió en el centro del poder en la Unión Soviética hasta su disolución en 1991.

Al morir Lenin, Stalin empezó a construir una verdadera “religión” secular: el leninismo. El mejor ejemplo del nuevo culto a Lenin fue el que la ciudad de San Petersburgo o Petrogrado cambiara su nombre a Leningrado, la ciudad de Lenin.

Apoyándose en ese vínculo con el pasado, Stalin venció fácilmente en su pugna con Trotsky. Era mejor organizador, más hábil en manipular la opinión, y sobre todo, contó con el pleno apoyo del aparato del partido. Trotsky, que había sido privado de sus
cargos políticos y militares en 1925, fue finalmente expulsado de la Unión Soviética en 1929. Para esa fecha, Stalin había establecido su dictadura.

  • La dictadura de Stalin

Stalin puso a prueba la resistencia del tejido social de la Unión Soviética. Asentado en su control del aparato del partido comunista, lanzó al país a un proceso acelerado de industrialización y a la colectivización forzosa de la agricultura. Los sacrificios por los que tuvo que pasar la población solo se pudieron imponer mediante el establecimiento de una brutal dictadura totalitaria en la que todo tipo de oposición fue eliminado.

La batalla política entre Stalin y Trotsky se había centrado en dos puntos clave. La política económica, la NEP, la posibilidad de que el experimento soviético triunfase sin que la revolución se extendiera a los países europeos más desarrollados.

Para Trotsky la NEP había significado un paso atrás en la construcción del
socialismo. Mientras tanto, Stalin se había alineado con los dirigentes más moderados del partido y había defendido la nueva política económica lanzada por Lenin en 1921.

Tras expulsar a Trotsky del partido en 1927, Stalin cambió abruptamente de bando: la NEP estaba superada y había que avanzar a marcha forzada hacia una sociedad comunista industrializada. Alejándose de las teorías trostkistas de la necesidad de la “revolución mundial”, Stalin proclamó la posibilidad de construir “el socialismo en
un solo país”. Toda la maquinaria del estado y todo el pueblo soviético tuvieron
que someterse a ese objetivo.

Los planes quinquenales y la colectivización de la agricultura

Para el zarismo, industrializar Rusia había sido un objetivo deseable y a favor del cual no dejaron de hacerse esfuerzos que obtuvieron algunos logros. En la visión de los dirigentes comunistas, influidos por el pensamiento marxista, la industrialización revestía una mayor importancia. Les iba en ello la supervivencia de un régimen que se enfrentaba a la hostilidad internacional y que no renunciaba a extender el comunismo al resto del mundo. Pero resultaba que la economía soviética seguía siendo mayoritariamente agrícola, campesina y rural.

En 1927-1928, una profunda crisis agrícola –los campesinos vendieron al Estado
una cantidad muy pequeña de alimentos- fue aprovechada por Stalin para poner fin a una NEP que no permitía el avance de la industrialización con la rapidez deseada por el sector dominante del partido bolchevique y, de la que probablemente siempre desconfió. Se inicia así una nueva fase de la historia económica de la URSS: la industrialización acelerada mediante la planificación central.

En esencia, el giro de la política económica soviética se plasmó  en la elaboración por parte del organismo central de planificación (Gosplan) del Primer Plan Quinquenal (1928-1932). El Plan establecía las prioridades económicas del Estado, a cuya consecución se sometían las decisiones de empresas e individuos. La prioridad máxima no fue otra que el rápido crecimiento de la industria productora de bienes de capital (carbón, petróleo, hidroelectricidad, hierro, acero, maquinaria, etc.) y, en menor medida, de armamento. Este objetivo se basó en una pieza clave: la colectivización forzada de las explotaciones agrarias. Mediante el recurso sistemático a la violencia, la propiedad privada, a la que se hizo responsable de los problemas de abastecimiento, desapareció del sector agrario soviético y fue sustituida por grandes granjas estatales. Los campesinos se vieron forzados a integrarse en ellas o a emigrar a las ciudades y
a los centros industriales emergentes. La colectivización forzosa vino acompañada de la desaparición física, del internamiento en campos de trabajo y del exilio interior de millones de personas. Además, la desarticulación del sistema agrario de la NEP contribuyó decisivamente a la hambruna de 1933, a causa de la cual fallecieron millones de ciudadanos soviéticos. El sector agrario soviético se resintió durante décadas de los defectos intrínsecos al colectivismo y de la baja prioridad asignada por los planificadores a la producción agrícola y ganadera.

El crecimiento de la industria pesada y su redistribución espacial hacia el este
resultó, sin embargo, muy rápido. La creación de unidades productivas de enormes
dimensiones frecuentemente sacrificó la eficiencia económica en aras de la consecución de las ambiciosas cifras de producción fijadas en el Plan. Mucho
menos brillantes fueron los resultados de la industria de bienes de consumo
duradero (vivienda) o no (calzado, vestido, etc.). El desequilibrio entre la
industria pesada y la ligera y el sector agrario es coherente con el objetivo
último del Plan. Éste consistió básicamente en una gigantesca transferencia de
recursos desde el consumo de la población a la inversión. El consumo per capita
de la población soviética era, especialmente en el caso del campesinado, todavía
menor en 1940 que en 1928. Se favorecía así el avance acelerado de una
industrialización volcada en la producción de bienes de capital y armamento. Los
negativos efectos de este modelo de crecimiento económico sobre el bienestar de
la población fueron compensados parcialmente con el aumento del gasto social
(educación, sanidad, etc.).

El Segundo Plan Quinquenal (1933-1937) estableció objetivos más realistas. La maduración de las inversiones llevadas a cabo en los años precedentes permitió un crecimiento económico espectacular. En 1935 se abolieron las cartillas de racionamiento. A partir de 1934, el empeoramiento del clima político internacional (ocupación japonesa de Manchuria en 1931 y ascenso al poder de Hitler en
Alemania en 1933) se tradujo en una gran expansión de la industria
armamentística. La imposición de la industrialización acelerada por Stalin
exigió la depuración del aparato económico bolchevique. Las purgas de Stalin afectaron a buena parte de los cuadros económicos y directivos empresariales. A la finalización del Segundo Plan Quinquenal, unos 2,7 millones de personas se encontraban en los diferentes campos de trabajo forzado bajo control del Gulag. Se estima que su contribución, seguramente infravalorada, equivalía al 1,2% del producto industrial.

  • El estalinismo: una dictadura totalitaria

Stalin no hubiera podido nunca llevar a la práctica un programa económico con tan terribles costes sociales sin mantener un control férreo de la sociedad y el estado soviético.Desde un principio, su política se basó en la aplicación del terror generalizado contra todos sus reales o supuestos enemigos. Los “trostkistas”, los campesinos contrarios a la colectivización, los partidarios de la NEP, en fin, cualquier persona
“socialmente peligrosa” fue perseguida de forma sistemática.

Una característica específica del estalinismo es la importancia de la represión dentro del propio partido comunista. El partido se convirtió en un instrumento absolutamente dócil a la voluntad del dictador mediante una serie de purgas que acabaron con cualquier tipo de oposición al líder. ¿Por qué tuvieron lugar esas oleadas de terror arbitrario sobre el propio partido comunista? El poder en la URSS residía en el partido comunista y este partido estaba organizado jerárquica y verticalmente. Al frente estaba el Comité Central, subordinado al Politburó (oficina política), que a su vez, estaba bajo la autoridad absoluta del Secretario General, Stalin. Manteniendo el terror sobre la organización del partido, Stalin consiguió centralizar completamente el poder en sus manos.

Las grandes purgas, también conocidas como los procesos de Moscú, se iniciaron en 1934, tras el asesinato de Sergei Kirov, jefe del partido en Leningrado (San
Petersburgo) y uno de los hombres de confianza de Stalin. En los años siguientes una ola de terror barrió la URSS. El mundo asistió atónito al espectáculo de una serie de juicios-farsa en la que muchos viejos dirigentes bolcheviques confesaban los peores crímenes contrarrevolucionarios. Tras ser drogados, torturados e intimidados, los miembros de la “vieja guardia bolchevique” confesaban que llevaban años conspirando contra la revolución.

Los datos son expresivos. En 1939, el 70 por ciento de los miembros del Comité Central del partido en 1934 habían sido purgados. Entre los oficiales de las fuerzas armadas, el 90 por ciento de los generales fueron ejecutados o deportados a campos del Gulag. Para asentar su poder, Stalin destruyó una gran parte de la dirección del partido, de la administración civil y del ejército, debilitando de forma importante al país.

Las purgas tuvieron su colofón en el asesinato de Trotsky en México en 1940 a manos de un agente de la NKVD (El Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), el español Jaime Ramón Mercader del Río (Barcelona; 7 de febrero de 1913 –  La Habana; 19 de octubre de 1978). Pocos años antes, durante la guerra civil española, la persecución estalinista había llevado a la “desaparición” de Andreu Nin, líder del POUM, partido donde se agruparon los seguidores de Trotsky en nuestro país.
La represión no afectó sólo a los miembros del partido. La sociedad soviética en su conjunto sufrió las consecuencias de la dictadura. El año 1937 se convirtió en un siniestro símbolo del sistema de terror estalinista. En la memoria de muchos soviéticos el “Treinta y Siete” sobresalió por la magnitud de la represión. En la purga de 1937 – 1938, más de un millón setecientas mil personas fueron arrestadas por acusaciones de índole política. El número de personas purgadas de sus cargos superó los dos millones. Se calcula que más de 700.000 soviéticos fueron ejecutados.

Como consecuencia lógica de la concentración de poder en manos de Stalin, en la URSS se instituyó un verdadero “culto a la personalidad” del líder. La figura de Stalin fue sometida a una continua adulación, a una verdadera adoración, en todos los estamentos de la sociedad soviética.

  • Una sociedad modelada por el terror

La sociedad soviética que termina de configurarse en los años treinta fue una sociedad puesta al servicio de los objetivos económicos del Estado y de la ideología comunista. La población siguió siendo mayoritariamente rural. El campesinado vivía en unas condiciones muy difíciles (solo el 10 por ciento de los koljoses, las granjas colectivas, disponían de electricidad) y, tras el desastre de la colectivización, tuvo que soportar una fuerte presión por parte de los agentes del gobierno para que dedicaran más esfuerzo al trabajo en los campos colectivos.

En las ciudades, la creciente clase obrera sufrió las consecuencias de la política de planificación e industrialización forzada. Para cumplir los objetivos de los planes
quinquenales, las condiciones de trabajo se endurecieron enormemente. En muchas
industrias, las jornadas de siete horas seis días a la semana se convirtieron en
jornadas de ocho horas todos los días de la semana. Aunque la constitución de 1936 proclamaba que la URSS era una sociedad sin clases, la verdad era muy diferente. Por encima de las clases trabajadores se situó la burocracia del partido comunista. Formada por aproximadamente catorce millones de personas, los cargos comunistas acapararon la gestión del estado y de la economía. Esta nueva clase social percibía sueldos de entre 4 y 20 veces superiores a los obreros y disponía de diversos privilegios, como raciones
suplementarias de alimentos obtenidos en tiendas especiales o apartamentos más
amplios que el resto de los ciudadanos soviéticos.

La burocracia obtenía estos privilegios a cambio de una sumisión absoluta a Stalin. Las purgas de los años 30 probaron que nadie estaba libre de sospecha y que cualquiera estaba a merced de los aparatos de represión.

La sociedad que surge del estalinismo retornó a los valores sociales tradicionales ensalzando las nociones de jerarquía y autoridad. En la escuela obligatoria, pública y gratuita se fomentó el respeto a los maestros; en la familia se reforzó la autoridad de los padres; en el ejército se ensalzaron las nociones de jerarquía, obediencia y disciplina.

Las duras condiciones sociales y los avances en la liberación de la mujer en los años veinte provocaron un fuerte descenso de la natalidad. La reacción de Stalin
fue acabar con la legislación permisiva de los años veinte y volver a un modelo
de familia tradicional. La familia volvió a convertirse en la célula social
clave que debía inculcar a los jóvenes las ideas de disciplina y trabajo duro.
En 1936 el aborto fue ilegalizado y se pusieron más trabas al divorcio.

Finalmente, el internacionalismo revolucionario de los inicios de la revolución fue sustituido por el patriotismo ruso. El ejército especialmente dejó de ser contemplado como el instrumento de la revolución y se convirtió en el defensor de la patria y del régimen soviético.

A fines de los años treinta, cuando la última de las grandes purgas había llegado a su fin, la Rusia soviética entraba en su tercera década de existencia.

La Revolución de 1917 había creado el primer sistema económico socialista basado
en la planificación central. Esta alternativa al capitalismo resultó extraordinariamente eficaz para la industrialización acelerada de una economía agraria, como era la de la Rusia zarista. Desde finales de los años veinte, sin reparar en costes y eliminado cualquier disidencia, el Estado soviético se entregó a la movilización de los ingentes recursos necesarios para modernizar en breve plazo la economía de la URSS. La política de industrialización acelerada había llevado a un rápido crecimiento del sector
secundario y nuevas ciudades industriales surgieron a lo largo del país. Los
campesinos expulsados de la tierra por la colectivización engrosaban una
creciente clase obrera.

El coste social, sin embargo, había sido brutal. Millones murieron por la represión o por el hambre. Centenares de miles, quizá millones, sufrían en los campos de concentración del Gulag.

Stalin culminó en los años treinta la construcción de una de las grandes dictaduras totalitarias del siglo XX. Esta dictadura se estableció en un país, Rusia, con una cultura política autocrática. El absolutismo y la tiranía habían caracterizado al estado ruso desde su emancipación de los Mongoles en el siglo XV.

Con ese pasado histórico detrás, Lenin y el propio Trotsky demostraron muy pronto su
capacidad de suprimir brutalmente cualquier oposición a la revolución. La dictadura soviética fue la consecuencia lógica de una teoría, la marxista, convertida por Stalin en marxismo-leninismo, que queriendo en principio liberar a las clases más humildes de su explotación, se había transformado en la doctrina oficial de un régimen totalitario.

El estado soviético iba a enfrentarse a principios de la década de los cuarenta a la prueba más dura de su existencia: la agresión de la Alemania nazi. Stalin y el pueblo soviético, aliado con las potencias democráticas anglosajonas, tuvo un papel clave en la derrota del III Reich y la Unión Soviética se convirtió en 1945 en una de las dos grandes superpotencias mundiales. Las siguientes décadas estuvieron marcadas por la influencia en el mundo del estado alumbrado por Lenin en 1917.

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